miércoles, 24 de septiembre de 2008

Capitulo 1

Mi nueva vida empieza hoy. En realidad no cambia nada en esta vida “nueva”. Continuo con mi monótono trabajo, del que no me atrevo a renunciar por cobardía, porque no logro salir de esta sociedad capitalista e hipócrita que me rodea. ¿De qué me quejo? Yo soy como ellos, no cambiaría esta sociedad porque secretamente deseo ser uno de esos peces gordos que viven en fincas con piscina, jardín, criada y chofer en la puerta, pero soy tan desgraciado que si logro convertirme en eso, ese mismo día se iniciará una revuelta que hundirá el capitalismo y desaparecerá para siempre la propiedad privada.

No soy una buena persona, pero en realidad nadie lo es. Mis intereses son ganar dinero, tener comodidades, y follar. Follar mucho y con muchas. La variedad me gusta, creo que nunca seré feliz con una sola mujer. Me decepcionan las relaciones que conozco. La gente está con otra gente por miedo a quedarse solos. No necesito a nadie a mi lado, y eso intento demostrar en esta nueva etapa. Pero pongámonos en situación. Mi profesor de historia del instituto siempre decía una cita: “conociendo nuestro pasado, entenderemos mejor nuestro presente”. En mi caso, no recuerdo qué acto de mi pasado me ha convertido en lo que soy ahora, pero creo que nací siendo así. Quiero decir, que no hay nada en mi carácter general que haya aprendido durante mi niñez o adolescencia, todos mis rasgos distintivos deben ser genéticos. Ya desde joven me interesaron las mujeres. A los 8 o 9 años jugaba con mi prima, dos años mayor que yo, a “médicos y enfermeras”, tocándonos y besándonos. Por aquel entonces yo no sabía qué era todo eso, de hecho no lo supe hasta mucho después, ya que sólo realizaba esos actos con ella. Supongo que la sexualidad prematura está en mi familia. En el colegio no recuerdo haber tenido esas inquietudes. Mis “compañeros” me llamaban “basurilla”, porque mi pupitre era un completo desastre. Una profesora llegó a decirme que mi mesa parecía el centro comercial al que actualmente, ironías de la vida, dedico mi vida laboral. Supongo que habría más motivos para que me llamaran así ya que, a pesar de estar matriculado en un colegio público en el que no predominaban los niños ricos, existía una gran diferencia entre los ingresos de las familias de mis compañeros y los de la mía. No éramos pobres porque no entrara dinero en casa, sino porque ese dinero nunca se quedaba ni invertía en ella, conforme entraba se iba, sin que ningún miembro de la familia, ni siquiera mi madre, supiera qué hacía mi padre con él. Como todos los niños, yo admiraba a mi padre cuando era pequeño. No recuerdo el día que dejé de hacerlo, pero sé que no tuvo nada que ver con la famosa etapa adolescente odia-padres. Lo que sí recuerdo es la seguridad que me daba cuando iba con él en el coche, pensaba que era el mejor conductor del mundo. Siempre he pensado que mi padre es el típico que coge el coche hasta para ir a mear, por lo que es lógico que, si mea unas 4 veces al día, le tenga bien cogida la medida al coche.


Mi padre, con una cámara de fotos en la mano


Tiene gracia que mi padre sea la primera persona de mi familia en aparecer en este texto, ya que es el miembro de ella que menos me importa. Actualmente, y si no fuera por el litigio que mantenemos con él, ni se me pasaría por la cabeza su persona. Pero eso vendrá más adelante. En realidad considero que mi padre y yo tenemos tres cosas en común:

- La promiscuidad.
- Dos hoyuelos en la espalda, a la altura de los riñones.
- Los
Creedence Clearwater Revival.

Absolutamente nada más. Trabaja de fotógrafo en un organismo público, y a su vez, es presidente y en realidad único miembro de una asociación sin ánimo de lucro que se dedica a proteger especies amenazadas y a denunciar a las autoridades que vulneran las leyes medioambientales. Puedo asegurar sin temor a equivocarme que es en esa asociación en la que se destinó la mayor parte de la economía familiar. Siempre que llego a este punto me viene a la cabeza una frase que Harrison Ford le dice a Sean Connery en “Indiana Jones y la última cruzada”: “Lo que me enseñaste fue que yo te importaba menos que gente que llevaba muerta quinientos años en otro país” (he tenido que buscar el dvd para recordarla literalmente). Pues bien, se podría decir que a mi padre le importábamos menos que peces y anfibios que llevaban incluso más de quinientos años muertos. Mi relación con él nunca fue buena. Teniendo en cuenta que fui un hijo no querido, nacido tras un embarazo no deseado, cuando ya ni me esperaban (mi hermano tiene siete años más que yo), es normal que siempre haya mostrado esa indiferencia hacia mí. En realidad no tengo motivo de queja con respecto a eso, si él a mí no me cae bien, ¿por qué he de caerle bien a él? Soy su hijo, y él es mi padre, eso no se puede cambiar, pero si no nos tenemos ningún aprecio, ¿para qué forzarlo? ¿sólo porque somos familia? Ni hablar. No tienes que cargar con tu familia cuando ni la soportas, sólo porque sea familia. Mi madre siempre se queja de que mi padre no me felicite por mi cumpleaños, ni se haya interesado por mí en estos años que llevan separados, pero yo no creo que tenga nada que exigirle, al fin y al cabo tampoco le he felicitado yo a él, ni he mostrado el más mínimo interés en saber de su persona, ¿de qué me sirve a mí su gratitud o interés? Soy más feliz sin él.



Recuerdo que con doce años todos mis compañeros del colegio jugaban a fútbol y no pensaban en otra cosa. Yo pensaba en fútbol, y en chicas. Toda mi vida he sido un estudioso de las mujeres, de sus comportamientos, reacciones, valores y características más comunes a todas ellas. Hasta que mis padres se separaron y pude adjudicarme para mi uso y disfrute el cuarto que albergaba todas las cosas inútiles de mi padre, compartía habitación y litera con mi hermano. Eso me dificultaba el aprendizaje de las técnicas de auto-complacencia y el conocimiento de mi propio cuerpo. Antes de dormirme me masturbaba pensando en alguna chica que me gustara, e intentaba hacer el mínimo movimiento posible para no despertar a mi hermano, que dormía en la litera superior. Cuando le notaba moverse, me la guardaba rápido. Él asomaba la cabeza y me decía:

- ¿Qué coño haces?
- Rascarme el culo – A veces no era mentira esto-.
- ¡Qué guarro!

Nunca supe si me decía eso por rascarme el culo, o porque sabía realmente lo que estaba haciendo. Tampoco me importaba, él también lo hacía, sólo que no en la cama, él tenía un método mucho más sutil. Cuando me iba a dormir, él se quedaba en el ordenador, pero para que no me molestara la luz (en realidad era para que yo no pudiera ver nada), ponía su colcha a modo de cortina, desde la cama de arriba hasta la de abajo, y se dedicaba a descargar videos porno de internet. Al menos tenía la deferencia de apagar los altavoces del ordenador. No debía ser fácil masturbarse con videos sin sonido. A mí me excita mucho que las mujeres hablen y sobre todo que giman mientras lo hacemos. En fin, supongo que a mí y a todos.


Mi relación con mi hermano ha tenido sus altibajos, más bajos que altos. Somos contrarios en muchos aspectos, tanto físicos como de carácter. Es mucho más bajito que yo, sin ser yo alto. Se está quedando un poco cartoniano y últimamente está echando algo de tripa. Está en un casi perpetuo estado de enfado, es serio y trabajador. Siempre he pensado que debería aspirar a algo más que cortar maderas con una maquina, pero tampoco soy nadie para decirle esto, trabajando donde trabajo.

Mi hermano Toro en una fiesta que organizamos mis amigos y yo